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Mis ocho hijos
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Con el reconocible tema inicial de la (sinfonía) 40 de Mozart Pedrito Shimosi había compuesto en el Beni la letra de una canción que comenzaba diciendo así: la corriente del río se llevaaaaa / los recuerdos de mi juventuuuuud /
Ustedes que nunca han visto un río más ancho que el Sena, por favor imagínense los ríos de la Amazonia (boliviana en este caso).
Ya no soy tan joven. Los recuerdos de mi juventud están muy lejos. A veces, en medio de estos desiertos africanos, al atardecer, entre la polvareda, o bajo la noche cálida, pienso en los amigos ausentes. Algunos están detrás de las estrellas, muertos, secuestrados. Otros están lejos, simplemente porque Buenos Aires está lejos.
Me doy cuenta de que como tantos solitarios en esta región del Sahel me estoy volviendo algo lunático. No tengo ganas de hacerme de nuevos amigos y me entrego a ocupaciones banales. De pronto, por ejemplo, me pregunto ¿Cuántas personas estarán cantando en este momento? Perdón. No en este edificio destartalado de Ouagadougou, ni siquiera en las poceadas costaneras de Brazzaville y Kinshasa, iluminadas esporádicamente por tubos de néon, sino, por ejemplo, en todas las zonas de la tierra en que ahora es de noche, como aquí, bajo esta luna.
O me formulo un interrogante aún más tonto. ¿Cuántas personas en el mundo ¿una sola? ¿ninguna? estarán en este momento leyendo estas líneas de una famosa (y como tal más citada que leída) novela río: "Tan poco atento a las cosas mundanas, que sólo me enteré al día siguiente, por los diarios, de que una orquesta checa había tocado durante toda la velada y que cada minuto se habían sucedido los fuegos de artificio "
Tengo la impresión de que estas preguntas son fruto de la falta de actualización. Seguramente que los expertos en estadística, con la ayuda de la informática, pueden calcular eso y muchas otras cosas. (En otra canción romántica, Miguel de Molina prometía contar por Ella la arena del mar. ¿Cuántos granos de arena fina habrá en el mar ? La respuesta debe estar en algún lugar de la red)
Sé que los franceses me consideran un viejo para cuya excentricidad, lo único que falta es que fuera inglés. Tal vez no se equivoquen. Por ejemplo se me ocurre que si de pronto, tal vez por exceso de alcohol (no se me ocurre algo más original) me precipitara a la calzada (todas las policías del mundo hablan de la misma forma) desde este único octavo piso de Ouagadougou, mis ocho hijos pronto recibirían la noticia (aunque muy distintos, como ustedes verán, todos están conectados a la red).
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