|
||||||||||||
|
Ocurrió en la época en que los trenes eran plateados en Francia. Se encontraron en Chamonix, donde él iba a esquiar todas las temporadas (salvo si tenía una gira). Ella venía en ese momento vaya uno a saber de donde, él desde aquí no más, desde Lausanne. Había pasado exactamente un año desde su muerte. Era un encuentro de aniversario, durante los deportes de invierno, no en principio un encuentro de reconciliación. Como si fuera al teatro y no a una estación de esquí, él llevaba un sobretodo gris de grandes hombreras; ella era ante todo, en medio de esa deportiva muchedumbre, unas grandes gafas, para protegerse del sol blanco de la montaña, y su delgadez un poco nerviosa, de bailarina pálida que acababa de dejar la danza, con algo de ese polvo de estrellas que deja el camarín, envuelta en un tapado de paño rojo, con una gran cartera de cuero negro en la mano. Apenas se notaba en ella el paso del tiempo, signo de su tozuda juventud, desde la última vez que la había entrevisto, disimulada entre el grupo elegantemente triste, el día del entierro en el pequeño cementerio de Ginebra, donde la muerte parecía un privilegio que uno casi envidiaría. Se sentaron en un banco del hall de la estación. Ella se estremeció en un inesperado acceso de llanto. El la tomó de las manos como un padre. Pero ella temblaba como si en esa desolada sala de espera con olor a cerveza, tabaco y soldados, la hubiera alcanzado una flecha invisible, plateada, tormento, pero al mismo tiempo sentido y orden venida de otro mundo, que se hubiera clavado en un centro secreto que debe existir y que tal vez regula los frágiles equilibrios, como quizás ha ocurrido un instante antes de que comience la etérea agonía, en la muerte del Cisne. Entonces él confesó, yo también me siento más solo que cuando termina la ficción. (Menos mal que existe el oficio). El se mató hace un año aquí. Llorá tranquila sobre mi hombro. Pero yo fui (¿injusta?) con vos dijo ella, en un estertor, como una niña pequeña, con ilimitada piedad por sí misma, al descubrir el mal que podemos hacernos, cuando tal vez creemos inflijirlo tan sólo a los otros. Los jóvenes calzados con grandes botas de nieve azules, anaranjadas, pasaban ruidosos con los esquíes al hombro, evolucionando como trompos cuidado que podrían dejarte tuerto en un instante ¿Invulnerables? ¿Eternos? ¿O apurados también ellos, conscientes de lo delgado que es el "hilo" de la vida (como él decía)? Muchos sin duda, simplemente, inocentes. Estabas asustada, dijo el viejo coreógrafo, pensabas que te lo podía robar. No, creía que él te prefería a vos, dijo ella. Sos tan culto, tan inteligente, tan divertido. En el fondo eras mucho más libre que yo, a pesar de lo que se decía de vos (¿con algo de envidia?) en todas partes. Una mujer sola es menos libre que un preso en el fondo de una cárcel, dijo uno de los dos. Ella se sacó los lentes y lo miró al fondo de los ojos. Hablemos un poco de él, dijo el coreógrafo, apartando la mirada de esos rayos verdes. Nos hará bien a los dos. El viento frío de la mañana, por la que vagaban ahora sin rumbo, despeinaba su rala melena gris. Ya ves, yo también tenía miedo de que me lo robaras, tenías tantas ventajas sobre mí. Eras mujer, pero sobre todo, eras joven. La mano que cortó ese "hilo" que nos parecía indestructible se debe haber estremecido de placer al desvalijarnos a todos. Vamos a tomar un café con unos croissants en ese bar, dijo él de pronto, con la garganta agarrotada. Sí, dijo ella, con esa vitalidad (que aunque el coreógrafo no lo supiera iba más allá de la juventud) que a él lo hacía tan feliz, nos sentiremos mejor, no he tomado nada desde ayer. Desde la calle, a través del vidrio del bar, se los veía hablar animadamente, y ella comenzó a sonreír. Hablaban del "hilo" de la vida. Y recordaban una de las raras reuniones alegres que habían tenido los tres juntos, en la que macabramente terminaron haciendo en una terraza de café la mímica de las Moiras, la que hila, la que sostiene el hilo en el aire, la que lo corta. Ante todo, ¿cuántas veces habían estado juntos? Comenzaron a hacer la contabilidad. No importaba que hubieran sido tres o cinco, era un número indeterminado, desconocido, pero que ya no podría ser cambiado nunca, por toda la eternidad. Como las veces que vieron la luna llena (cada uno tal vez por separado), o que escucharon la sonata Primavera de Beethoven. En ese encuentro que recordaban en la terraza, frente al lago, en medio de macizos de geranios (era primavera sobre el lago Lehman), él había dicho cuando dejaron de reír que su vida no pendía de un "hilo", sino de algo mucho más breve e instantáneo, de un rayo, pelirrojo como él, rojo como sus saltos en El Corsario. Entonces el viejo le preguntó a ella si había visto el gran libro ilustrado que se acababa de publicar sobre él. No se habla de ninguno de nosotros dos, en ningún momento, dijo ella con estupefacción. La realidad está cada vez más lejos de lo que se dice de ella, dijo él, en los diarios o en los libros, y a veces hasta en la conversación. Era una mañana soleada de invierno, se había hecho un gran silencio, raro en medio de tanta luz (se supone que el silencio se acompaña de la oscuridad), los esquiadores ya habían partido hacia la Montaña Mágica, y las horas prometían ser dulces como ese sol suave, que bendecía las manos y la cara en la calle por la que caminaban ahora, otra vez sin rumbo, lentamente.
|
||||||||||||
|
||||||||||||