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Breve diálogo sobre el optimismo al amanecer
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(Los personajes aún no se han levantado. El alba cruda del trópico pasa ya a través de una espesa cortina de moderno diseño en la habitación climatizada. Las cotorras alborotan en el sicomoro. Luego se callan).
- ¿Por qué no me recibís con la misma alegría que hace veinte años, cuando llegaba a Mantes la Jolie después de todo el día esa sonrisa (¡campo de girasoles bajo el sol!) con que me abrías la puerta las hombreras del impermeable salpicadas de nieve, aún con algunos folletos para repartir en la mochila? ¿He sido yo o ha sido el tiempo?
- Debe ser la obra de ambos.
- Pero yo siempre te quise.
- Eso lo sé ahora, pero no lo supe siempre. A la destrucción general tu crueldad añadió algo imperdonable: lo gratuito.
- La primera víctima fui yo, como le suele ocurrir al que se empeña en atormentarse a sí mismo, aunque lo haga en los demás.
- Pero el otro existe. No podés flagelarte en los otros. Hay principios. Ciertas cosas no se deberían hacer nunca.
- ¿Quiere decir que nunca más encontraremos la felicidad? ¿La misma, aquella, única, incomparable, que no queremos cambiar por ninguna otra cosa?
- En todo caso el tiempo también hizo su tarea.
- Querría dedicar lo que me quede de vida a reparar. Sentía que no teníamos derecho de ser felices (Sin ironía) Poco a poco, sobre las cenizas, me fui resignando a la felicidad y ahora ya no la temo tanto.
- (También sin ironía) Quizás porque ya está muy lejos. Detrás de nuestro cansancio, de nuestra mirada en el espejo, permanece lo irreparable.
- ¿Felicidad en medio de la noche, de la masacre?
- Nunca debimos permitirles entrar en nuestro mundo y convertirse también en nuestro enemigo interior. Por momentos copiaste al agresor.
- Logramos evitar lo peor. "Los pequeños temores informes" querían llevarnos para siempre a su infierno doméstico. A los grandes demonios de la plaza pública les temíamos menos.
- No siempre. Por momentos, se introducían en vos. Todo el que tuvo un átomo de poder y lo usó con crueldad sobre alguien, en cierto modo imitó al agresor.
- Vos sabés que estuve al borde del abismo. Todos estos años fueron un lento proceso de rescate, como cuando en otros siglos se redimía a un cautivo esclavizado en un país lejano. Aunque en este caso yo era el carcelero de mí mismo.
- ¿Entonces todavía creés que, a pesar de todo, como en un cuento de hadas, después de tantas pruebas y de la suerte que en definitiva tuvimos, todo saldrá bien al final?
- Sí, tal vez como en esas leyendas del ensayo y error, en las que el mundo no se crea de una sola vez, sino a través de numerosos intentos fallidos, todo servirá para una etapa próxima.
(Otra vez vuelven a chillar las cotorras).
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