Los adioses
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Sabés, me pregunto ahora cómo mover sin fe las montañas de la vida de todos los días. Sé que ella me reprochará siempre, sin palabras, no haber advertido, no haber adivinado. ¿Pero alguien podrá reprocharme más de lo que yo me reprocho a mí mismo? Los rostros no necesariamente tristes de la gente me permiten descifrar la música. Los vestidos blancos de las mujeres con guardas doradas, rojas y verdes aletean en la brisa. La lluvia deja paso a una tímida salida de sol. Hace de pronto calor y hay un gran resplandor, como si hubiera estallado una bomba y es que ha cesado la lluvia y después sigue un gran silencio.

Entonces llegó la primera noticia. Alguien que había pasado la frontera y llegado hasta Djibouti me comentó con indiferencia que los franceses, que sólo invierten "dans les pays du champ", habían mandado a la pequeña república vecina una compañía de teatro, que estuvo dando Las Alegres Comadres de Windsor en francés. Al final hubo un debate y un joven tomó partido ardientemente por el viejo Falstaff. No había podido soportar la crueldad de esas mujeres jóvenes (y del público de la Alianza) que se había divertido con las ilusiones sobre sí mismo que se hacía ese hombre viejo, gordo y probablemente enfermo y con la burla cruel de los duendes convertidos en tábanos.

No puedo ni decirlo porque ella pensará que lo que tantas veces anunció –que un día me volvería (nos volveríamos) locos– está sucediendo. Pero pienso que volviste, que estabas en ese joven, que eras él. Porque además, si tu rasgo más fuerte era la piedad, la compasión, ¿cómo podrías haberte ido para siempre? ¿Tendremos todavía otra oportunidad, como en los cuentos de hadas? Cuando me despierto a la mañana en la soledad de la casa en la que pronto se insinuará el calor luego de la noche refrescante y breve, comprendo que no. Y sin embargo al atardecer, cuando salgo de la oficina y me voy internando lentamente en la noche "amiga del criminal", ¿de dónde sacaría mis fuerzas si no pensara que Djibouti está cerca, o quizás Eritrea y el Mar Rojo y que como un nuevo Rimbaud has cambiado de destino y te estás adentrando de incógnito en una tierra extraña?

 

Rodolfo Mattarollo Cantidad de lectores Página anterior
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©MMI -créditos-
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