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Te dejo algo en tu escritorio. Es lo que he podido reconstruir de tus últimas palabras. En el vértigo de estas horas, te recordé de pronto en el balcón, inclinado sobre el Gran Canal, el día que llegamos. Conjeturé la maravilla que sólo un adolescente puede sentir ante el descubrimiento de esos (ahora) inútiles tesoros. Sabés, ella no está interesada en analizar, en tratar de comprender. Comprender no le basta. Lo que importa es lo que ha ocurrido. Comprender sería valerse de palabras frente a lo irrevocable, que ahora y para siempre es también lo irreparable. Ella puede permitirse el dolor absoluto, irrazonado, porque es inocente. Yo sin embargo, amor mío, te confieso mi debilidad. Trataré de leer tu caligrafía hasta el final. ¿Cómo es posible que de vos sólo me haya quedado este cassette que tengo entre las manos? Podrías haberme dejado un mensaje en una escritura indescifrable, para que pasara el tiempo que me queda sobre esta tierra gris tras el descubrimiento de una clave. Pero no me sometiste a la tarea de leer un enigma que contiene otros enigmas. El mensaje que me dejaste es al mismo tiempo indescifrable y transparente. Como en sueños podemos hablar idiomas desconocidos o inexistentes, en la música podemos pasearnos por el sentido desafiando las leyes de la gravedad y el diccionario. ¿Te cito bien? Como la última vez que estuvimos en Lutetia, como decías con moderado esnobismo: era invierno, en la pequeña cocina de un gran departamento (esas cosas incomprensibles del Viejo Mundo) cuando le preguntaste a la magrebina que se apuraba con los platos si le gustaba lo que estábamos escuchando y ella nos contestó te acordarías hoy sin duda con una sonrisa triste y radiante que era imposible que a uno no le gustara la música, porque con ella uno podía olvidarse de todo en el acto.
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