|
El pequeño profesor (uruguayo)
de alemán
|
||||||||||||
|
Todo llega en la vida si uno sabe esperar y no había aguardado tanto como para que lo anhelado ya no le interesara. El mundo de las becas obraba prodigios. Entrar a la Embajada era ya el anticipo de un universo de inteligencia y armonía, del que lo bueno no podía estar ausente, con tanta luz eléctrica, calefacción, computadoras y un silencio tan sólo rasgado por la suave chicharra del teléfono, ronroneante como un gato de Angora. Afuera una chatura blanca y gris dilataba una barbarie urbana, invernal, que se degradaba en la de los suburbios descascarados y más allá rodaba un grito sin eco en el vacío de los campos. .. Entró fascinado en la cervecería gótica y al segundo chop nunca había tenido mucha resistencia, sólo tomaba agua Salus cuando daba clase ya estaba hablando en voz alta con los tipos de la mesa de al lado. Le agradó advertir que, poco a poco, se iban aquietando las voces. Sus ojos miopes no alcanzaban a ver bien entre el humo dulzón y rubio de las pipas. Se pasó una mano por el pelo negro pampa. La sensación de lo inefable lo dominaba, porque en el mundo del sentido, el sentido flota en el aire, como una canción del último Strauss llevada por el viento en primavera, o como el olor a asado en Montevideo o Buenos Aires. ¿Nuestra Itaca no es acaso la patria del Espíritu y ésta no es nuestra casa común? Los únicos que sabían su dulce idioma en el Río de la Plata eran el poeta Mario Benedetti cuyas convicciones políticas no compartía, porque el verdadero arte debía ser neutro y los profesores de derecho penal que lo inquietaban, porque había que abolir todos los castigos, y además, quién se atrevería no ya a juzgar, sino tan sólo a arrojar la primera piedra.
En las cavernas del crepúsculo Soñé mucho tiempo Con tus flores, con tus cielos azules, Con tu perfume y el canto de tus pájaros.
Ahora estás frente a mí, con tus más ricos atuendos inundada de luz, como un prodigio
Tu me reconoces, Me atraes dulcemente hacia ti, Y todos mis miembros tiemblan Con tu bienhechora presencia.
No importan las convicciones políticas del autor de Las Cuatro Ultimas Canciones, explicaba el pequeño profesor uruguayo a un rojizo electricista que había venido a sentarse a su mesa, a caballo sobre su silla, y que le arrojaba inexplicablemente el humo en el rostro. Un círculo de bocas echando aliento de cerveza y chucrut lo rodeaba. Ustedes deberían perdonar el episodio político en su vida alcanzó a decir, antes de que el primero levantara el brazo.
Dicen que atontado alcanzó a preguntar: Es quizás esto la muerte? (ist dies etwa der Tod?)
|
||||||||||||
|
||||||||||||