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Encuentro en un país extraño
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Por la noche tuvo el encuentro. Caminaba por una ancha vereda arbolada y oscura, con cuidado porque era uno de esos países en que ningún signo indica los peligros o simplemente los obstáculos. Entre las sombras resoplaban grandes animales sueltos. De pronto vinieron hacia él tres hombres. Al del centro creyó reconocerlo, aunque tuvo un asomo de duda. Era el Contador V Parecía muy joven, pero tenía el rostro blanco, como la máscara de harina de un mimo. El que taconeaba del lado de la banquina despejó sus dudas. Esa nariz de gancho correspondía al Oficial Primero del contador V , al que había olvidado hacía muchos años. El tercero era una figura borrosa, quizás el viejo ascensorista de la calle Uruguay. ¿V había esbozado una sonrisa? ¿Esa mirada hacia la izquierda, hacia el lado de la pared descascarada por donde él venía, significaba que lo había reconocido? Ese encuentro de improviso aquí, después de tantos años y de todo lo que había pasado allá, reducía la gran vereda a una cuerda floja.
Los tres hombres pasaron. Después de un momento de silencio al cruzarlo, siguieron conversando entre ellos en árabe. Pero no era posible dejar esto así. El de nariz de gancho lo había mirado fijamente y eso le dio la sensación de que los tres lo habían reconocido. Volvió sobre sus pasos, encaró al del medio y le dijo, el Contador V , supongo. V primero lo miró en silencio y luego respondió sí, pero no quiero hablar con usted después de lo que pasó. No importa, le dije, me basta verte tan joven, para saber que estás vivo, cuando te creía muerto desde hacía tanto termpo. Entonces él cambió, tuve la sensación de que quería prolongar la conversación, los dos conteníamos tal vez nuestras manos (no nos tocamos en ese breve diálogo, ni siquiera por supuesto intercambiamos nuetras tarjetas). El pareció empezar a sonreír, entonces yo puse fin al encuentro y seguí mi camino, entre los grandes árboles.
A las cuatro de la mañana el barrio de casas con jardines de mangos y sicomoros, invadidos de arena, estaba sumido por fin en un gran silencio. Como era habitual, el calor me impedía volver a conciliar el sueño. Quise tomar unas notas. Si a uno le interesan esas especulaciones que los pintores llaman autorretratos, los sueños tienen más de una ventaja sobre la vigilia: aún en los más agitados, podemos vernos a nosotros mismos, desde afuera, serenamente, mientras caemos en el abismo.
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