Un viejo escritor en un puerto del Lejano Oriente Página anterior
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Pero el bar estaba semidesierto a esa hora. Traté de convencerlo de que los escritores son un veneno para los escritores, pero que la literatura sigue siendo un bálsamo. Intenté empujar suavemente su balsa a ese mar tranquilo de la belleza pura y sin dueño. Por un momento hablamos de libros y no de sus autores, que quizás tienen las uñas sucias y mal aliento. Sus lagunas eran increíbles, incluso para un autodidacta que siempre había ironizado sobre los Manuales de Moscú o de Pekín. (Conocía a Madame de Sévigné , pero no a Pavese o a Graham Greene, para hablar de accidentes geográficos de nuestro paisaje mental de seres del siglo XX). Los ventiladores se detuvieron. Trajeron velas para la noche que se acercaba ("amiga del criminal", acotó él).

Le ofrecí otra cerveza, en homenaje a Beaudelaire, que como las anteriores vendría casi tibia. Su sueldo del Liceo casi se le iba en libros. La limpia camisa tenía un visible remiendo. Tenía las manos un poco manchadas de grasa y me pidió un papel de diario para limpiarlas (al venir se le había salido la cadena de la bicicleta).

Entonces volvió a las fotos y me preguntó si Colonia Vela, el pueblo imaginario de las novelas de Osvaldo Soriano, quedaba cerca de esas sierras que se veían en el fondo de las fotos que ahora parecían color sepia.

No tuve tiempo para el asombro porque en la mesa de al lado estalló una fuerte discusión entre piratas desocupados desde que había cesado el éxodo de boat-people hacia Bangkok. Estaba anocheciendo. Sería mejor irse de este sitio.

En mi reloj el segundero se disparaba hacia el vacío. Para entretenernos un poco, mientras se ponía el sol, comencé a contarle fábulas de lo cotidiano. Cómo el desesperado deseo de ser felices de los porteños los hace volcarse a las calles hasta altas horas de la noche y convertir los cafés en lugares de fiesta.

Entonces, mirando la etiqueta de la cerveza, porque no se atrevía a mirarme a los ojos, me preguntó súbitamente esperanzado si a él lo conocían como escritor en Colonia Vela.

Era como para darle un beso en la frente. Tal era su ansiedad juvenil, detrás de los gruesos lentes, el pelo corto ya completamente blanco, en la oscuridad de ese día inútil que se escapaba irremediablemente.

 

Rodolfo Mattarollo Cantidad de lectores Página anterior
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©MMI -créditos-
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