Un viejo escritor en un puerto del Lejano Oriente

 

Se me cayó la billetera y se desparramaron por el ruinoso suelo de baldosas blancas y negras las fotos de mi hija (cosa rara, sólo fotos en blanco y negro, pero ella es fotógrafa y se sabe que los profesionales dejan el color a los aficionados o a los fabricantes de tarjetas postales).

Cuando las puse sobre la mesa incierta con la intención de guardarlas él alcanzó a verlas detrás de los gruesos vidrios de miope y me preguntó qué eran esas sierras. Por discreción tal vez oriental no había preguntado por mi hija, cuya sonrisa parecía salir de las fotos y flotar en una bruma rosada.

Detrás de las risas de los jóvenes –risas de seres instantáneos, o sea intemporales, o dicho de otra manera, eternos– se divisaban las gastadas sierras de Tandil, que hasta se ponen rápidamente viejas en las fotos, como si su antigüedad geológica, que se expresa en ese cansancio de cerros mochos que no aspiran a alcanzar grandes alturas, fuera una suerte de experiencia que hasta un monte sólo puede adquirir con el paso del tiempo.

El asentía encantado. Iba a aceptar todo lo que se dijera dentro de ese inocuo contrato de mera conversación entre dos solitarios, fascinado por esta relación de tercer tipo con el extranjero, venido de ese mundo, quizás más lejano que Marte y en realidad tan sólo a unas horas de avión (pero había que conseguir una visa, y esto para los viejos intelectuales es mucho más difícil que para los jóvenes hombres de negocios). Al final de cuentas, en ese puerto donde se huele la basura del mar tropical, sólo nosotros hablábamos de las cosas en general y no de tráficos, de crímenes y de la posición en el campeonato.

 

Rodolfo Mattarollo
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