Si Versalles contara…

 

El Rey está intrigado por las repetidas, inexplicables visitas a un Palacio en construcción que desde hace varios meses reitera, contra sus costumbres hasta ahora conocidas, el duque de La Rochefoucauld. Célebre gracias a sus máximas de un definitivo escepticismo (su conocida "reflexión" central, que vale por una obra entera, sentencia que "nuestras virtudes no son más que nuestros vicios disfrazados"), ¿qué puede mover a ese gran señor, que detesta las cosas de la Corte, a hacer largas leguas bajo el calor breve pero implacable del verano, hacia este Palacio real en el que no es posible sentarse sin levantarse manchado de pintura o de enduido?

Hace un tiempo, el monarca ha ingresado en un período de profunda melancolía que preocupa a los muchos que aquí, en medio de esta marea de yesos, espejos, marquesas y dorados, tienen algo que perder o que ganar con un mínimo cambio en los estados de ánimo del soberano. El último recurso del Cardenal –no el más desesperado, sino el más reciente- ha sido acudir al gran François Couperin, un imán tal vez irresistible para un melómano como Luis, para rescatar al monarca del abismo. Couperin pasa largas horas al clavecín componiendo una obra extraña a la que ha dado en llamar Lección de Tinieblas, y con la que se propone combatir la Melancolía del rey. El Cardenal parece aprobarla. El sabe que si hay Salvación está en el descenso a lo Oscuro.

Pero el Rey no es un enfermo (imaginario) como uno de los personajes más logrados de su protegido Poquelin, un caótico hombre de teatro, distante de esa disciplina matemática que caracteriza a sus músicos preferidos Jean-Baptiste Lully –el eximio violinista que ha formado una orquesta de 24 arcos virtuosos– y el sombrío clavecinista François Couperin. Por encima de su neurosis (¿o la política es la forma de su patología?), Luis es un estadista. Sus estados de ánimo más depresivos no le impiden ocuparse de los graves asuntos del Estado.

Por ejemplo, está más intrigado que el Cardenal y que la Corte por este súbito cambio de humor de un hombre solitario e intratable como el Duque, ese amigo del Príncipe de Condé, que probablemente se cree mejor que los otros y cuya influencia en los descontentos es difícil de medir, como siempre antes de que estalle la fronda en este reino veleidoso (él sabe desde ya, antes de que esto se escriba, que si los alemanes son los viejos y los ingleses los adultos, los franceses, con su consabida volatilidad, continúan siendo los niños de Europa).

Rodolfo Mattarollo
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