Simulacros

 

En una de las primeras entregas de la Revista del Instituto de Estudios Stendhalianos después de la guerra (nº 287 Grenoble, julio de 1946) se reproduce este pequeño ejercicio de un asiduo lector de Henri Beyle que propone otro epílogo para Rojo y Negro. Era un momento en que los críticos, todavía dispersos, no colaboraban asiduamente con esa prestigiosa publicación. Los superlativos y otros lugares comunes denotan al principiante. Este fragmento se reproduce aquí como muestra de una de esas curiosidades que puede inspirar la estrechez provinciana, y que reclaman la indulgencia de los lectores de la Ciudad.

El Tribunal integrado por primera vez por jueces socialistas, sensible a los argumentos de Julián Sorel, y sobre todo a su origen humilde, le impuso tan sólo una moderada pena de prisión.

Una vez en libertad, después de varios años de vida errante, que lo llevaron hasta Guadalupe, Haití y Martinica, Julián decidió el dilema entre el Rojo y el Negro y como era de prever (porque nada lo había fascinado tanto como la aristocrática dulzura del joven Obispo), no sólo eligió el luto, sino que volvió a su provincia natal a ejercer Su sacrificado Ministerio.

Con el paso del tiempo, como en Provincia el mal del siglo se presentaba bajo la forma del aburrimiento, volvió a ser admitido en la casa de los Renal, adonde llegó vestido de eclesiástico y ya peinando las primeras canas. Pero eso llevó tiempo. La primera vez que volvió a cruzar el umbral de esa casa, después de los sacrílegos episodios de la iglesia, fue veinte años después de su condena.

Hacía ya un año que asistía puntualmente al solitario salón todos los viernes. Era en realidad una cena siniestra que reunía en torno a una mesa silenciosa a Madame de Renal, su marido (ahora aterrado por el auge del socialismo) y al abate. Después, a la hora de los licores, Madame de Renal volvía a sentarse en el fatídico sillón de su sala, con los ojos clavados en el fuego de la chimenea (ya estaba entrado el otoño del 1885) mientras Julián, de pie, tras el respaldo del sillón, también trataba de fijar los ojos en la danza silenciosa de las llamas.

 

Rodolfo Mattarollo
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