|
La Sibila y yo
|
||||||||||||
|
Perdónenme por contar una anécdota personal, pero en el frío glacial de esa cueva, cuando la adiviné tan frágil, tierna y temblorosa, yo, que hablaba griego, supe de pronto que no iba a preguntarle por el futuro, ni por nuestra fortuna, ni por el destino de nuestra Patria, ni por el mundo desconocido que empezaba en las lejanas playas de Iberia, sino, cosa absurda –me sentí como el que está por saltar al cráter del Etna– decidí cuestionarla por ella misma. Temblando por mi propia audacia (yo el joven latino) le hice la ingenua pregunta que recibiría su famosa, melancólica respuesta. Todos estábamos en semicírculo y súbitamente silenciosos, tal vez por mi despropósito, porque aunque no se animaban a hablar el griego para no hacer papelones, lo entendían y ella, después de un breve silencio, respondió. Con su ilimitada (superioridad/sabiduría) femenina (ante una pregunta personal, tan desubicada, dirigida a una medium, a una institución), simplemente respondió con un ronco murmullo (ustedes a lo mejor la imaginarían echando el humo del cigarrillo antes de contestar): ¿Qué es lo que personalmente "yo" quiero? Lo que quiero es morir, y repetía como un eco de sí misma (¿o era la acústica de la cueva?) Lo que yo quiero es morir.
Ahora si me permiten continúo. Porque lo que deseo contar empezó aquí. La sesión había terminado, pagamos (dimos nuestro óbolo) y de pronto se estremeció la cortina. Confieso que yo me había quedado deliberadamente atrás. Vení, pasá, no tengás miedo, dijo una voz ronca, como la de Marlene Dietrich, no te voy a comer. Yo me lancé a través de la cortina. Imagínense si alguno hubiera oído y pensado que yo no me atrevería. Pero mi temblor era tan grande que ella sonrió.
|
||||||||||||
|
||||||||||||