Informe sobre las auroras boreales¹
Sachez qu'on peut tout utiliser
Même les aurores boréales
Apollinaire
Si Dios me preguntara ¿qué necesitas
para ser feliz? le respondería: - Suprime el pasado.

Dr. Frantz Large, médico haitiano e historiador de arte

 

(Este episodio está narrado de manera bastante distinta aquí y en Los anales de la Academia del Quercy. El presente manuscrito, quizás apócrifo, fue conservado celosamente durante muchos años por los "increíbles"de Chantdamour, como prueba del avance científico que los jacobinos interrumpieron con su consabida brutalidad).

Jean-Baptiste Lagrange se sacó esa noche la peluca con la satisfacción de haber apenas entrevisto el crepúsculo del día o la luna llena -¿cuántas fases le reservaba todavía la suerte?- en la asediada ciudad de Chantdamour, por haber estado entregado durante toda la jornada a una tarea más intensa, porque más ardua, que la de disfrutar el momento que pasa, o de entregarse a los efímeros asuntos de este mundo absurdo. Jean-Baptiste trabajaba con el cielo, no con la tierra, y no lo contemplaba.

El espejo, débilmente iluminado por una única vela. Le devolvió su imagen. Ya no era joven. Había ensayado toda la tarde, como un actor, y se sentía satisfecho. (Aunque sabía desconfiar de la tinta fresca. ¿Qué queda de tantas páginas recién escritas después de diez años, de diez meses, a veces de pocas horas? ¿Muchos sueños puestos por escrito no se marchitan acaso como la efímera rosa…etc? De lejos llegaba el llanto de un niño. ¡Loco! ¡Malvado! gritó una mujer o un eco en dirección a su ventana y se oyeron pasos que se alejaban por la calle maloliente.

Hasta Marianne comprenderá –porque la verdad, unida a la elegancia de una demostración siempre se impone- ante el murmullo de asombro, luego el silencio y por fin los apluasos, siempre medidos, como en un teatro de buen tono, de estos grandes académicos y señores.

Lejos se oía un redoble de tambores y algunos sordos disparos, tal vez algunos gritos.

- Ve a buscar a la nodriza, estaba gritando Marianne detrás de la puerta, que no deja de llorar y ya no puedo más, no puedo más Jean-Baptiste, imploró. Entonces él se tapó las orejas porque ella iba a susurrar su nombre y él no podría soportarlo.

1. En el final de este relato me he permitido adaptar un texto sobre lo irreparable del filósofo francés Vladimir Yankelevich. (volver al inicio)
Rodolfo Mattarollo
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