Così fan tutte

Este relato es ampliamente tributario de las investigaciones del biógrafo de Mozart, Wolfgang Hildesheimer, y de los comentarios sobre la ópera realizados por el crítico musical Sergio Segalini. La erudición no es mía, sino de ellos. Incluso he realizado un montaje del texto de Segalini para animar los diálogos. Sólo me pertenecen la escena y la desilusionada voz del narrador.

 

Recibí con alivio el sobre del correo. Estaba cansado de los cursos de posgrado, con alumnos que ya empezaban a peinar canas y temblaban de impaciencia por lanzarse al mercado de trabajo. Es cierto que aceptar la propuesta suponía dejar mi ciudad de adopción. En Nápoles había podido terminar Mozart y su tiempo, gracias a la ayuda de mi mujer, que no llegó a verlo publicado. Sin ella jamás hubiera podido remontar los siete volúmenes de la Correspondencia.

Por ese entonces me reconocía más en una línea del poeta español Antonio Machado ("triste, cansado, pensativo y viejo"), que en cientos de novedades literarias francesas o italianas, de tapas atractivas, pero que me dejaban hastiado a la segunda página. Literatura de aeropuerto.

Definitivamente resignado a una vida solitaria, no podía contentarme con no ser ya joven. Aclaro que entre las formas de la demagogia contemporánea que resisto se cuenta la idolatría de la juventud, ese efímero privilegio. Pero necesitaba cambiar de aire.

Yo había puesto todo mi corazón en esa obra escrita durante diez años, y olvidada tres meses después de haber sido recibida con un aplauso cerrado. Ni siquiera ayudó a reflotarla el estreno de Amadeus, un film que me decidí a gozar, independientemente de todo lo que llegué a saber sobre Mozart.

Por entonces ignoraba que el ataque a los grandes poderes no atrae de inmediato el rayo. Pero con el tiempo uno descubre que el teléfono suena cada vez menos y que los colegas espacian sus cartas.

Comenzaba a preguntarme si yo no tendría algo de culpa, como al parecer le está ocurriendo, en los últimos años, a muchos de los que quisieron cambiar algo. Yo no aspiré a hacer la revolución, pero desafié el chauvinismo vienés al recordar que la ciudad de los valses, después de la insolencia de Las Bodas de Fígaro, había repudiado a Mozart, de la misma forma en que más tarde negaría a Gustav Mahler y a Arnold Schönberg..

Pero sobre todo había ofendido a los melómanos, cuya notoria ferocidad desconoce toda forma de clemencia. ¿Acaso no fue un rasgo adolescente haber creído que podía demoler con un libro –aunque fuera la obra de una parte de mi vida– la trivial imagen del "alma abierta y confiada", del "joven, feliz y cándido", propuesta por la hagiografía oficial?

Cuando llegué a Lugano debía ser la segunda vez que pisaba la Suiza italiana.

De algo me serviría aquí ser alto y de ojos azules (mi madre era empleada de correos en Palermo cuando desembarcaron los americanos, no la juzgo).

En ese sitio se hubiera notado la caída de un alfiler, tal era el orden, el brillo de los canteros de flores y el verdor perenne del césped, que respondía a una sobria geometría vegetal.

El rector de la Universidad, pastor y doctor en Teología, quizás equivocado sobre mi origen –alguien me había confundido con un maduro australiano- fue inusualmente cortés la tarde de mi llegada. Me advirtió que allí me iba a encontrar a gusto porque todos en esa casa eran mozartólogos. Aunque logró sobresaltarme al citar con admiración a un teólogo algo lunático que, al parecer, habría sorprendido a los ángeles solos, tocando música de Mozart y a Dios previsiblemente escuchándolos. Sin embargo el viejo era simpático y me pareció que me ponía en guardia contra la Decana, a la que definió como un personaje muy italiano.

La conocí esa misma tarde. Me recibió en seguida, aunque estaba escribiendo el elogio fúnebre de su predecesor. Me dijo varias veces que estaba desolada. Por último me preguntó si se notaba su desolación.

Mi entrada en este mundo en el que venía a buscar la fuente de Juvencia se produjo por un funeral.

 

A la mañana siguiente, en el pequeño cementerio, la Decana resplandecía, como una pequeña soprano mozartiana. Me pareció que me hacía una seña antes de empezar, ¿me invitaría a acercarme? El Rector estaba inmóvil, con un clergy negro, bajo el sol de la primavera, abstraído. A su lado soportaba el calor enfundado en un traje oscuro con saco y corbata el erudito vietnamita que dirigía el Departamento de Lenguas Raras.

 

Rodolfo Mattarollo
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