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Amadís o el Estajanovismo de
los Caballeros
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Hacía tres días que galopaba por la árida meseta de Castilla aunque al menos no estaba plagada de mosquitos como el delta del Danubio y no podía sacarse de la cabeza una de las ideas más amargas del hombre: la de que su mérito no era reconocido por sus iguales, no así por los extraños y los enemigos. Todo le había sido difícil en la vida. No era un barbilindo bordado en un gobelino que se precipitaba lanza en ristre a través de leguas de falsos prodigios urdidos por literatos o tejedoras siempre dispuestos a admirar la violencia. Sin embargo, el ambiente del oficio es tan despiadado, que no obstante sus muchas y arduas victoria, el solo nombre de sus pares Tirante el Blanco o Palmerín de Inglaterra lo hacía estremecer, más que el de su peor contrincante. Sólo apreciaba incondicionalmente a un colega: el Caballero de los Espejos, más conocido del gran público como el de la triste figura, y aún más en los tiempos que corren de ediciones abreviadas, simplemente como el Quijote. Esa simpatía, como se sabe, era recíproca. Cubierto de sudor, los bucles rubios casi blancos de polvo, esa tarde el apuesto y errante Amadís de Gaula apenas podía respirar dentro de la coraza reluciente como un lustroso picaporte. Si no fuera tan flaco, apestaría. Molido, después de sus últimas desventuras de Caballero Andante, pero añadiendo casi con deliberación un poco de tristeza profesional a la melancolía de la hora, descubrió al atardecer la siniestra posada. La rodeaba un espeso silencio, cosa rara, casi misteriosa en España. Pero era un silencio ominoso. Algo muy distinto de ese oasis de calma, que tanto sorprendería a su amigo de los Espejos, cuando fue acogido en la morada del noble y bondadoso Caballero del Verde Gabán.
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