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La visita
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Se había restablecido el tren del Bajo esa aventura que él me hizo conocer en mi infancia y avanzaba entre un túnel de flores, vestida yo también de colores encendidos, una mancha luminosa más entre los verdes y las hortensias, mientras me adentraba en ese mundo que siempre me pareció un pedazo de Inglaterra en la Argentina, contrapuesto a los grises suburbios de los que yo provenía.
Ahora iba a su encuentro. Me costó ubicarlo. Mamá trató de disuadirme. Creo que hasta me ocultó un paradero que ella debió conocer mucho antes que yo. Claro que él no se había ido a vivir a la zona de Borges, donde "residían" las amigas legendariamente inglesas de mamá, sino al Bajo San Isidro, un barrio nuevo. Plagado de mosquitos, húmedo y maloliente.
Habían pasado cinco años desde la última vez que nos vimos. Yo traía unas medialunas todavía calientes que se fueron enfriando en el tren. No negaré que venía soñando con tomar unos mates con él esa mañana de domingo, a pesar de todo.
Abrió la puerta un anciano, los ojos muy abiertos, de vidrio. Me raspó la mejilla su barba de varios días. Por un pasillo oscuro se escapaba otro viejo desgreñado, también en paños menores dudosos.
- Es un amigo que viene a cuidarme, se disculpó, con el aliento estrangulado. E indicó que me sentara ¿adónde? mientras iba a buscar un nebulizador. Al rato volvió y se sentó frente a mí en la penumbra de la cocina en esa construcción sin revocar se entraba directamente a la cocina. Mientras yo había encontrado una silla destartalada. Respiraba todavía con gran dificultad, aunque ahora parecía por momentos más tranquilo. - Fue la emoción de tu llegada.
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