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Una mujer independiente
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El colectivo se acercaba al gran edificio azul de la cárcel, con algunas luces siniestras en lo alto, una armónica gigantesca que chupaba a los hombres con un acorde disonante como el que ella solía arrancar entre risas de la Höphner, cuando ambos vivían juntos y ella era una mujer alegre. Ese instrumento, ahora silencioso, que guardaba en la mesita de luz, era lo único que había logrado salvar del naufragio, junto a una vieja foto. De vez en cuando, apoyaba los labios sobre los agujeritos cuadrados, cerraba los ojos y contenía la respiración, como si besara su boca. Después la metía otra vez en el cajón. Tocar la armónica era lo único que él realmente sabía hacer en la vida. Había que haberlo escuchado tocar "La Cumparsita" por la noche, durante el verano, en la terraza, mientras vigilaba el asado. Cuando era chica, si tocaban el timbre, al atardecer, la asaltaba la absurda esperanza de que fuera alguien que le traía un regalo, como si cada día debiera haber un momento de fiesta, y no sólo una vez al año. Pero ahora miraba con el mismo anhelo, más allá de toda razón, el gran barco encallado de la cárcel, como si Manuel pudiera aparecer por algún ojo de buey. Peor era en la calle. Ya había tenido problemas por mirar a los hombres. ¿Aquél que va allá no será él que por fin logró escapar?
Después de una ausencia forzada de dos meses, volvió un sábado por la mañana todavía convalesciente. Comenzaba el otoño y se sentía aún débil.
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