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Llevo las nieves del tiempo en mis sienes y acabo de comprarme un vistoso ambo azul. Así trajeado y con la calma del que ha tomado una decisión largamente meditada, me dirijo hacia el colegio San Luis Gonzaga del que fui alumno en la Escuela Primaria hace cincuenta años y donde nunca volví a poner los pies desde entonces. He tomado un taxi porque en este lugar es difícil estacionar mi auto azul cobalto. El colegio San Luis Gonzaga, que supo ser de monjas francesas, aunque era un colegio de varones, no se ha mudado de Ayacucho 250, a dos cuadras de Rivadavia, un barrio de políticos (muy cerca del Congreso de la Nación). Pero cuando yo tenía seis años, hace medio siglo, poco me importaba el ruidoso ascenso de Perón a la Presidencia. Mi problema era que mi madre (yo nací sólo de madre, casi un milagro, antes de la inseminación artificial) me había "puesto pupilo" en San Luis Gonzaga. Lo que significaba vómitos los domingos a la noche, cuando después de una breve jornada en el modesto limbo de un estrecho departamento de clase media con libros a los que luego se agregaría un piano- me devolvían al invierno del colegio. Ahora estoy frente a la Directora, una moderna Madre bronceada sospecho que hace complementos, que casi me habla en inglés al principio se notan mis largas permanencias en el exterior. En un rincón de su despacho de diseño nórdico titila la pantalla con el e-mail abierto. Las plantas verdes contribuyen con su influencia sedante a que uno se sienta en un Lugar Superior. Al final de cuentas ella es lo que en un tiempo se llamaba Madre Superiora.
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