Foto de un bar del sur una mañana de otoño en Buenos Aires
Cartier-Bresson. Agencia Gramma. 23x13. Blanco y negro. 1955

 

Me senté en un rincón del bar a leer el diario. Era un lunes a la mañana y afuera llovía. Por la ventana sucia se veía el adoquinado iluminado por un farol oscilante. Cada vez estaba amaneciendo más tarde. ¿Quién había dicho esa frase, casi como un suspiro? Un hombre parecía estar esperando el tranvía en la parada, inmóvil bajo las ráfagas de lluvia. Debía estar por llegar porque se oía un ruido de ferretería y una luz de remolcador en la tormenta en medio de los baldazos de agua. El tranvía de detuvo levemente iluminado. Estaba casi vacío. La vidriera empañada del bar y las ventanillas subidas del tranvía impedían ver bien su interior. Obreros silenciosos, mujeres tal vez de luto. Con esfuerzo el tranvía se puso otra vez en movimiento y fue tomando velocidad. El hombre permanecía en la parada. Dígale algo, sugirió la voz detrás de mí. Era alguien que estaba fumando Fontanares. No tengo tiempo ahora, respondí automáticamente y de inmediato me arrepentí pero era tarde y terminé la frase, tengo que estar allá dentro de media hora y todavía no he preparado nada. El café estaba frío. La vida es corta, tengo mucho que hacer, pensé para mí mismo. Es su padre, insistió la voz. Entonces excedido me volví y claro, el hombre (que estaba detrás de mí) había desaparecido. El otro seguía en la esquina, bajo lo que era ahora una fina garúa que comenzaba a agrisarse en el sigiloso amanecer. Parece que en este lugar se meten con la vida de uno, dije en voz alta, lo que cayó mal a esa hora (sentí miradas de reprobación de todos lados, porque ese no era el tono ni el momento, la hora de los borrachos aún no había llegado). Sin embargo yo era muy joven y nadie me iba a hacer callar ni se iba a meter en mis cosas. Ese impertinente fumador, que descontaba su tiempo en el bar, había logrado desconcentrarme completamente.

 

Rodolfo Mattarollo
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