Dichos

 

Recuerdo a mi abuela sentada en la silla de hamaca bajo la higuera, mientras pelaba chauchas en nuestro pueblo natal –que llamaremos por comodidad Herrera, en una provincia no menos polvorienta que Santiago del Estero– cuya principal producción podían ser las tortugas de tierra.

La abuela tenía un refrán dulce y extraño, cuando uno de nosotros doce nos olvidábamos de que no éramos el centro del mundo: la hierba quiero no nace ni en el jardín del rey. A mí esa mansa reprimenda en el raro ritmo de las quince sílabas métricas me parecía un traje de luces, porque en un pueblo tan pobre como el nuestro no había ni reyes de la baraja, ni jardines, sólo se habían levantado alguina vez unas casas grises, que se perdían en la polvareda bajo un sol ardiente aún en invierno.

Ahora ese proverbio me parece mal construido, porque, como cualquiera sabe, hasta un rey puede desear lo inalcanzable. Pero nosotros entendíamos. Nunca he visto ese refrán citado en ningún lado y supongo que lo había inventado ella. Hacía años que no dormía siesta, porque ya no le quedaba tiempo que perder, y tal vez lo empleaba acuñando proverbios.

Pero quiero ir a otra cosa y se comprenderá pronto por qué. Aún en pleno dominio de sus facultades mentales decía otra frase bastante más enigmática, a la que los doce estábamos acostumbrados, como nos habíamos habituado a ver todas las tardes caer las sombras a lo largo de la única calle o como los adultos se resignaban a la llegada del día (la única hora en que comienza a refrescar fugazmente en Herrera llegaba cuando todavía es noche cerrada pero ya está próximo el amanecer).

Se trataba de una conjetura misteriosa, con algo de vaga amenaza, como si todo juicio definitivo se fiara al esfumado parecer de un Personaje superior –algo parecido, aunque no en el tono, a cuando la Directora de la escuela primaria, superada, se remitía a gritos al inapelable juicio del Inspector de Escuelas- conjetura que, aunque yo durante muchos años lo ignorara, encerraba también una velada profecía.

Rodolfo Mattarollo
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