Despedida

 

(Al levantarse el telón se ve un cuarto desordenado con una ventana en lo alto. El interior es extraño, tiene a la vez algo de enfermería, de biblioteca y de celda. El no tiene más de veinticinco años y está preparando una jeringa. Entra ella. Puede tener uno o dos años más que él. El hace un gesto de sorpresa, pero ella, de manera casi imperceptible, le hace seña de que se calle. El cierra la puerta. Los dos están solos).

Ella: ¿Cuánto hace que estás aquí?

El: (todavía hipnotizado por la aparición de ella) Dos años. ¿Y vos? Pronto, tenemos poco tiempo.

Ella: Sólo tres meses. ¡Lo que te buscamos! ¿Supiste algo de…?

El: Ernesto está con los viejos, empezó primer grado.

Ella: ¿Qué tenemos que hacer aquí? Hoy me sacaron la capucha, y me dijeron que habría un traslado. ¿Vos sabés lo que se dice allá de eso? (pregunta señalando al otro lado de la puerta).

El: No te preocupes. El viaje a la libertad. Aquí les damos una inyección para que no vean la salida.

Ella: ¿Y adónde nos van a llevar?

El: A un parque, amor, a un parque.

Ella: ¡Querido!

El: Es una forma de decir del Padre: nos llevan a los lugares que quisimos conocer o en los que fuimos felices. Sí, podrás ir al parque Lezama adonde noviábamos y lo vas a ver por mí. O te van a llevar a España adonde siempre soñamos ir juntos.

Ella: Algunos dicen que tiran a la gente al mar desde los aviones.

El: Son los últimos momentos que tenemos, amor, perdoname. Quiero decirte que siempre te quise. ¿Te acordás de Tilcara? Lo pasamos bien a pesar de todo. Yo quisiera hacerlo otra vez, amor. Corregirlo todo. Haber sido más bueno con vos, con nuestro hijo, con los compañeros. (Se oye una voz desde adentro)

Voz: ¿Qué pasa ahí?

El: (A gritos) Nada mi teniente, se rompió la aguja. Hoy puse treinta inyecciones. Ya lo arreglo. (En voz muy baja) No sabés lo que te estuve buscando.

Ella: Yo también. Pero sabés lo que me pasa, no recuerdo las peleas, ni los golpes de aquella noche y ahora me parece que estuviéramos saliendo juntos del Joaquín V. González, tomados de la mano.

Rodolfo Mattarollo
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