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Aerolíneas Argentinas
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Ya era la hora de partir. El espejo le devolvió la imagen elegante y distinguida del aviador, una profesión que como la de jockey tiene un "physique du rôle" bien marcado. La admiración que se despierta en los taxistas (¡y en las vendedoras de lotería del centro!), en tantas ciudades, cuando se les cuenta de los vuelos transatlánticos. Hay una forma de moverse de ciertas profesiones que lo dice todo. Los pasajeros nos miran pasar y se tranquilizan. Nuestra tripulación corresponde a todos los cánones. Enfundados en el azul marino, realzados por las insignias doradas, arrastramos las valijas sobre ruedas por los interminables pasillos, como si hubiéramos nacido con una maleta rodante a la rastra. Que nuestros ojos claros y fríos, distantes (mirada institucional), no revelen ningún matiz subjetivo, tranquiliza, al igual que nuestro perceptible consumo de champú. En general, el aire de la cabina presurizada nos vuelve pálidos. Algo similar les ocurre al parecer a los marinos sentados frente a la consola de los barcos computarizados, en el Báltico o en el Mar del Norte, lejos de las ráfagas heladas y sumidos en el aire tibio y quieto de la cabina climatizada. En nuestro caso ese color de nube gris y azul que parece envolvernos es el resultado de infinitos vuelos sin historia. ¿Pero qué otra cosa mejor se puede desear de un vuelo comercial que poder olvidarlo lo antes posible? Quince días de vacaciones en Buenos Aires habían bastado. Comenzaba a diluirme en la irrealidad, una figura de humo dibujada en el aire cuando pasa un rato. Pero también las cosas se volvían extrañas. Todo se me presentaba desde fuera, como a un turista. En esa disonancia general, mis gestos se volvían vagos e imprecisos. Entonces mi mujer sacaba el uniforme de comandante (del Boeing 727 de Aerolíneas Argentinas) del placard tal como había llegado de la tintorería, para que mi cuerpo volviera a tener una forma y mi alma un nervio.
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